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Dama del Otoño

Dedicado a la dama del otoño, esté donde esté.
Querida Dama del Otoño:

Escribo esto aun sabiendo que nunca lo leerás. Necesito decirte algo, despedirme, dejar una puerta abierta para usted, por muy improbable que sea. El no saber nada de vos me está matando por dentro; el no saber si estás bien o mal, si eres feliz o infeliz. Te fuiste sin decir adiós, y la incertidumbre de no tener una explicación es de los peores venenos que puede tener un ser humano.

No te guardo ningún tipo de rencor, odio, u enfado. Más bien, todo lo contrario. El recuerdo que te tengo es muy bonito, lleno de versos, buenos momentos, posibilidades y sueños. Ojala este mundo te dé todo lo que se merece una persona como vos, tan llena de vida, capaz de transformar un día cualquiera en la más fantástica aventura. 

Querida dama del otoño, escribo estas líneas porque necesito escribirlas. Las noches ya no son iguales si no están llenas de letras, de sueños, de caricias. No sé si usted guarda algún recuerdo de mí, grato o ingrato, pero yo de vos si los guardo. 

No tengo modo alguno de contactar con vos. No sé si usted no quiere, o no puede hablarme. Por ello dejo esto escrito, como quien arroja un mensaje en una botella al mar, y espera que llegue a su destino. Este es mi efímero mensaje, lanzado a los mares infinitos de la red. Ya no queda nada en mi mano que pueda hacer, y con ello quedo tranquilo, quedo en paz conmigo mismo.

Hasta siempre:
Tu caballero. 




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Pitágoras no teme a la muerte

El otoño da paso a la primavera. Por cada hoja que se va, Otra nace en su lugar.   El amarillo y la muerte se transforman en verde y vida.   Todo final es el comienzo de un algo nuevo.   Pitágoras no teme a la muerte; teme a la transformación.      

Nada

Como un sueño vivimos, Suspendidos en el presente Que a nuestros ojos se aparece Como un milagro cotidiano. Nos ponemos mil máscaras En un intento vano de ocultar Donde estamos suspendidos. Pero el momento siempre llega, Y todo vuelve de nuevo a su hogar: Al abrazo eterno de la noche, Al encuentro con la nada.

Versos sin título VI

Cuando estaba menguante, La melancolía invadía su corazón Y como una penitente, Llevaba en silencio su tristeza. Nunca cargaba sobre otros Sus más dolorosos pensamientos, Se difuminaba cual niebla en la mañana A la espera de un abrazo que nunca pedía. Los que la conocíamos, la dejábamos estar. Tarde o temprano volvería Con la fuerza…

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